domingo, 13 de junio de 2010

La materia no piensa




Que el alma humana, o el principio pensante en nosotros, no es una sola partícula en el cerebro puede ser inferido con claridad de la incapacidad de una única partícula para recibir a la vez tan gran variedad de sensaciones como las que recibe el alma humana. Pues, dado que el principio pensante en nosotros (de ser una única partícula) no puede recibir sensaciones inmediatamente de los objetos sentidos, resulta evidente que no los puede recibir de otro modo que mediante las impresiones de algunas partículas de los espíritus del cerebro actuando sobre él. El número de estas partículas debe, por consiguiente, guardar alguna proporción respecto a la vasta variedad de objetos que se perciben de una sola vez. No obstante, si todas las partículas de las que el cuerpo se compone son de una masa igual o similar, es imposible que una sola de ellas reciba al mismo tiempo tal variedad de sensaciones de las impresiones de las otras partículas.

(...)

Ni los espíritus animales ni ningún otro compuesto de partículas (pese a estar fijados y estrechamente unidos al cerebro) pueden ser el sujeto de una sensación o percepción tales que las del alma humana. Puesto que la mera composición no cambia la naturaleza de las cosas, las partículas que componen cualesquiera de las partes del cerebro, sean las que sean, no pueden más que retener su distinción y propiedades particulares, así en el compuesto en el que estén más próximas como en aquel en que se encontrasen a la máxima distancia entre ellas. En consecuencia, se infiere que cada una de las partículas del compuesto, pese a que se le supusiera algún grado de sensibilidad o conciencia, podría sentir sólo una parte de un objeto. Mas, si éste fuera el caso, no podría haber sensación del objeto en su conjunto, en tanto que nada habría en el compuesto que fuera capaz de unir y comparar una parte del objeto con otra, o de reflejar tal comparación. Pues la nada, como es sabido, nada puede.

Supónganse las partes de un espejo dotadas del poder de la sensación. Supóngase de igual modo que reciben los rayos de cualquier objeto tomado por entero. Sin embargo, dado que éste consiste en un vasto número de partes tan distintas entre sí como si se encontrasen a la máxima distancia, se sigue que a cada parte menuda o partícula del espejo le cabrá percibir sólo una cierta parte proporcional del objeto, siendo así que lo que una sola partícula percibe las otras no pueden más que ignorarlo completamente. Ahora bien, habida cuenta de que el espejo no consiste sino en las mencionadas partículas, concluimos que no hay nada en él que sea capaz de unir las diversas percepciones imperfectas de aquellas partículas, e igualmente, por tanto, que no puede obtener percepciones completas o perfectas de un objeto tales que las que nos consta hay en el alma humana.


Samuel Colliber

2 comentarios:

vonneumannmachine dijo...

"Puesto que la mera composición no cambia la naturaleza de las cosas, las partículas que componen cualesquiera de las partes del cerebro, sean las que sean, no pueden más que retener su distinción y propiedades particulares, así en el compuesto en el que estén más próximas como en aquel en que se encontrasen a la máxima distancia entre ellas"

Es que la composición, el modo de ordenación y de relación que se establece entre las cosas sí que cambia las propiedades del todo. A esas propiedades se las llama sistémicas o emergentes. Piensa en una piedra pequeña, tan minúscula que no puede romper un cristal. Hazla cada vez un poquito más grande añadiéndole más materia. Llegará un momento en que sí pueda romper el cristal. Por la mera agregación de elementos, la piedra ha ganado una propiedad que produce cambios cualitativos en el cristal.

O piensa en la digestión. Ninguna de las partes de mi aparato digestivo, por sí misma puede realizar el proceso completo. Sin embargo, todas en conjunto sí que lo realizan.

Además, el ejemplo del ojo que utiliza Colliber viene al pelo. Precisamente la retina de nuestro ojo está llena de millones de fotoreceptores, pequeñísimas células que captan una parte de la luz, para que luego la visión se integre en el cortex visual, formado por millones de neuronas, otras células minúsculas. Nuestra visión integrada es el resultado de la integración de millones de entidades que, por sí mismas, no ven nada.

O dicho de otro modo: el todo es diferente de la suma de las partes.

irichc dijo...

Salvo que hagamos como algunos escolásticos y atribuyamos a los cuerpos una vis para cada uno de sus efectos, no creo que el emergentismo tenga futuro en filosofía o en ciencia. La llama posee el poder de encenderse, abrasar e iluminar. ¿Diremos que son tres propiedades que emergen del cuerpo llameante, o más bien las reduciremos a una sola operación genérica?

Pero me acogeré eventualmente a tu argumento para probar mi tesis. Cito a Mir y Noguera:

Mézclese el oxígeno con el hidrógeno (dos volúmenes de éste con uno de aquél), centelle la chispa eléctrica; y el hidrógeno que posee la propiedad de arder, y el oxígeno que fomenta la combustión, perderán sus cualidades, darán de sí y producirán el agua, que de entrambas carece, y las tiene tan diversas. Surgió de esta combinación una substancia nueva, de naturaleza especial; la cual, con no haber crecido el peso ni la masa material, está dotada de condiciones y cualidades específicas muy otras que antes; y, por consiguiente, ¿de dónde sino del principio formal ha recibido el ser y la manera de obrar?

Es decir, si la materia cambia sus propiedades por completo -y no sólo en grado- con ocasión de la mera interacción de sus partes, ¿no tendremos fundados motivos para sostener que la razón del cambio es extramaterial? De ser substancia la materia, mantendría sus potencias inmediatas siempre dispuestas en mayor o menor medida, del mismo modo que el agua o el fuego mientras existen jamás pierden las suyas.